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Postergar: 6 Razones por las que postergamos

Postergar y las 6 Razones por las que postergamos

Tendemos a postergar lo que consideramos obligación y lo que nos da miedo. 

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A veces tenemos la esperanza de que si postergamos lo suficiente ciertas tareas, quizá desaparezcan de nuestra lista de “pendientes”. En ocasiones estas tareas pendientes en efecto, se esfuman (pero no sus irremediables consecuencias), otras simplemente se difuminan o se hacen menos visibles (pero siempre quedan en el “background”) y otras se empeñan en quedarse ahí perennes hasta que decidimos hacer algo al respecto.

En todas esas ocasiones en que, consciente o inconscientemente, posponemos en el tiempo, los sentimientos de culpa y autoengaño suelen estar presentes en nosotros. ¿Por qué?

Casi todos tendemos a ser, como diría Albert Ellis, “hedonistas a corto plazo”. Solemos perder el tiempo, aunque aparentemos frenéticamente ocupados y extremadamente perfeccionistas. Vamos a examinar las causas de una de las barreras más altas a la hora de conseguir lo que nos proponemos: la postergación.

Si el postergador no tiene garantía de éxito, introduce cada vez más actividades o tareas que nunca logra completar.

La persona que pospone suele aplazar temas que implicarían su progreso o autodesarrollo y la llevarían a entrar en una posición más relevante respecto de sus objetivos. Las razones por las que inconscientemente no desea en realidad ponerse en esa situación pueden ser variadas, aunque por lo general suele ser una mezcla de ellas.

1. Falta de objetivos o falta de claridad en los objetivos: a veces las personas que suelen postergar lo hacen por falta de claridad en sus objetivos. Si se fijan objetivos que no están relacionados con su escala de valores, difícilmente seguirán un plan de acción hacia el éxito. Lo primero que necesitamos y que es imprescindible para evitar postergar es fijar nuestros objetivos inteligentemente y que estén en línea con nuestros valores. Si uno de mis valores principales es la generosidad, difícilmente conseguiré hacerme capo de la mafia o traficante, y si lo logro, seguramente me sentiré bastante mal en mis funciones.

Tendemos a postergar lo que consideramos obligación y lo que nos da miedo. 

2. Perfeccionismo: la persona excesivamente perfeccionista no lo es por el mero hecho de serlo. Casi siempre hay detrás un sentimiento de inadecuación y de postergación. Quienes buscan la perfección suele enfocarse en lo que le falta, en lugar de en los recursos de que dispone. Se exigen niveles de rendimiento irreales para continuar sin dar ese paso del que hablábamos antes. Esto a su vez genera un sentimiento de culpa por no poder cumplir con sus propias directrices tiránicas. Así, se ven atrapados en un círculo de demandas y auto-exigencias del que difícilmente logran salir. Siempre encontrarán formas de mantenerse en el mismo punto respecto a la acción.

Diálogos internos relacionados:

“Tengo que seguir perfeccionando tal cosa antes de dar el siguiente paso, no sea que por no estar lo suficientemente preparado, me estampe”.

“O lo hago bien o no lo hago”.

“Si no lo hago perfectamente, voy a quedar fatal frente a los demás”.

“Hasta que no lo deje perfecto, no lo doy por terminado”… etc.

3. Resistencia al cambio: si nos sentimos cómodos con un hábito, nos es extremadamente difícil cambiarlo puesto que esto conllevaría una serie de “nuevas normas” a las que no estamos habituados y que nos generan ansiedad. Además, esos cambios pueden generar, otra vez haciendo referencia al avance de nuestro propio desarrollo, un progreso en la línea de nuestro objetivo, para el que no nos sentimos preparados.

Diálogos internos relacionados:

“Si dejase de salir tarde del trabajo, tendría más tiempo para invertir en mi proyecto, pero siempre me lían”.

“Mi forma de hacer las cosas es así”.

“Aunque lo haga de este otro modo, el resultado va a ser el mismo”

La persona que pospone suele aplazar temas que implicarían su progreso o autodesarrollo y la llevarían a entrar en una posición más relevante respecto de sus objetivos.

4. Miedo al fracaso: derivado de lo anterior, es causa común del “postergador”. Para evitar sentir la ansiedad de vernos más cerca de nuestra meta, posponemos acciones que, de otra forma, nos acercarían a ella. Se retrasa el momento de pasar a la acción, con la intención inconsciente de no sentirse inadecuado frente al objetivo.

Diálogos internos relacionados:

“Antes de dejar definitivamente mi trabajo tengo que… (seguir añadiendo más y más tareas irrelevantes a mi proyecto)”.

“Es que solo no puedo hacerlo”.

“Esto lo tengo que hacer yo solo, me cueste lo que me cueste”.

“Prefiero no hacer nada antes que fracasar”.

5. Garantías de éxito: extremadamente vinculado al miedo al fracaso y al perfeccionismo. Si el postergador no tiene garantía de éxito, introduce cada vez más actividades o tareas que nunca logra completar. Con lo que vuelve a la ansiedad de tener demasiado que hacer y demasiado bien, antes de poder dar el paso que le sitúe más cerca de lo que anhela. También es habitual buscar garantías de éxito incluso antes de comenzar las mismas actividades, por lo que no empieza nunca. Así, a medida que el trabajo se va acumulando, se siente cada vez más abrumado y saturado, encontrando el pretexto perfecto para no progresar.

Diálogos internos relacionados:

“Cuando tenga mil visitas diarias en el blog, o 20 clientes, me despido”.

“Necesito más información, me falta práctica, me falta experiencia, me faltan estudios”.

“Esto me tendría que resultar fácil y lo veo muy negro”.

6. Inmovilización: la mezcla de todas o algunas de las anteriores da como resultado la inmovilización derivada de la aparición de sensación de impotencia (“es que no puedo con todo”), angustia (“se me va de las manos”) e incapacidad de priorizar (“no sé por dónde empezar”).

Diálogos internos relacionados:

“Si esto me supone un esfuerzo es que no es el momento. Lo dejo para más adelante”.

“Me lo voy a pensar mejor y reflexionar”.

El punto de partida para solucionar nuestros hábitos de postergación es la toma de conciencia de que en efecto estamos postergando. ¿Suelo hacer cosas irrelevantes para mi objetivo sabiendo que existen cosas realmente importantes que hacer? ¿Suelo lamentarme después cuando no las hago? ¿Pospongo decisiones incómodas? ¿Utilizo mucho frases del tipo “tengo que”, “tendría que” o “debería”?

Cuando utilizamos ese tipo de frases, nuestro cerebro automáticamente las identifica como una obligación y como algo que requiere esfuerzo y sacrificio. Solamente hace falta ser consciente, hazlo ahora, de nuestro gesto facial y posición corporal al decir que tengo que hacer algo que no nos apetece nada. Con esos ánimos, ¿quién va a ponerse en acción?

Y tú, ¿qué excusas sueles poner para postergar? 

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2 comentarios
  1. Me gusta mucho leer temas sobre la postergación, y más cuando se habla de esta manera tan clara y sencilla. Cada vez que dejamos algo para después, o le damos largas, estamos apagando cada minuto de vida que tenemos y que al fin y al cabo, no somos gatos, no tenemos 7 vidas, tenemos una sola y como no aprovechemos de hacer lo que debemos hacer y dedicarle el tiempo que merece, estaremos avanzando hacia la frustración y deterioro de nuestra autoestima. Y el objetivo final de la vida, que es ser feliz, no lo habremos ni siquiera, probado…

    • Hola José Antonio,
      Muchas gracias por tus palabras. Me alegra saber que mis posts les sirven de algo a las personas y también ver que provocan comentarios. Además, viniendo de ti, otro coach, no hace sino halagarme.
      Espero que vuelvas muchas veces por aquí y me discutas, que eso también me gusta porque provoca nuevas perspectivas.
      Un fuerte abrazo
      Esther

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